Los antepasados de las ballenas, los delfines y las orcas no siempre vivieron en el océano. Los cetáceos proceden de mamíferos terrestres que, a lo largo de millones de años, fueron adaptándose progresivamente al agua hasta convertirse en animales completamente acuáticos. La pregunta resulta inevitable: si la evolución permitió recorrer ese camino, ¿podría algún día producirse el proceso contrario?
La respuesta que ofrece un amplio estudio evolutivo es contundente. Los cetáceos han atravesado un “punto de no retorno” evolutivo y las modificaciones acumuladas en sus cuerpos hacen extremadamente improbable que sus descendientes puedan recuperar una existencia terrestre.
El fenómeno permite además observar hasta qué punto la evolución puede imponer límites: algunas especializaciones proporcionan enormes ventajas en un ambiente concreto, aunque al mismo tiempo reducen las posibilidades de responder mediante cambios radicales hacia formas de vida anteriores.
La conclusión procede de una investigación publicada en Proceedings of the Royal Society B que examinó miles de especies para reconstruir cómo se produjeron las transiciones entre la vida terrestre y acuática entre los mamíferos.
El estudio que analizó 5.635 especies para descubrir dónde está el “punto de no retorno”
El equipo encabezado por la investigadora Bruna M. Farina, entonces vinculada a la Universidad de Friburgo y al Instituto Suizo de Bioinformática, analizó 5.635 especies de mamíferos actuales y recientemente extinguidos.
Los científicos utilizaron, entre otras fuentes, información de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y dividieron las especies en cuatro categorías según su adaptación al agua.
La primera reunía animales sin adaptaciones acuáticas específicas. La segunda incluía especies que poseen algunas características para desenvolverse en el agua, pero conservan plena movilidad terrestre, como el ornitorrinco. Una tercera comprendía animales con importantes adaptaciones acuáticas y movimientos limitados en tierra, como focas, morsas y nutrias marinas. Finalmente aparecían los mamíferos totalmente acuáticos, entre ellos cetáceos, manatíes y dugongos.
Los resultados mostraron que el 96,7% de las 5.635 especies estudiadas eran terrestres, mientras que únicamente el 3,3% presentaba diferentes grados de adaptación al medio acuático.
Lo más interesante apareció al reconstruir sus transiciones evolutivas. Pasar de terrestre a parcialmente acuático —y también recorrer el camino inverso— resulta posible. A partir de determinado grado de especialización, en cambio, el regreso a una vida terrestre deja de producirse.
Qué cambios hicieron imposible que las orcas y los delfines volvieran a tierra
La explicación no depende de una única característica. Convertirse en un mamífero completamente acuático, como los delfines, las orcas o las ballenas, supone acumular numerosas modificaciones anatómicas y fisiológicas.
En los cetáceos, las extremidades anteriores evolucionaron hasta transformarse en aletas, mientras que las posteriores desaparecieron externamente. El cuerpo adquirió una forma hidrodinámica y la locomoción pasó a depender fundamentalmente de la columna vertebral y de la aleta caudal.
La investigación encontró además una tendencia hacia un mayor tamaño corporal a medida que aumentaba la adaptación al agua. Una explicación está relacionada con la termorregulación: el agua conduce el calor mucho más eficazmente que el aire y los cuerpos grandes presentan una menor relación entre superficie y volumen, lo que ayuda a reducir la pérdida de calor.
El estudio detectó asimismo una asociación entre la adaptación acuática y una dieta más carnívora, capaz de proporcionar la energía necesaria para mantener metabolismos exigentes. El trabajo completo, disponible también en el repositorio científico PubMed Central, muestra así que la transición hacia el agua implica un conjunto de transformaciones y no simplemente aprender a nadar mejor. Deshacer simultáneamente todos esos cambios supondría una barrera evolutiva enorme.
La ley de Dollo explica por qué la evolución no siempre puede dar marcha atrás
Los resultados encajan con un principio conocido como ley de Dollo, denominado así por el paleontólogo belga Louis Dollo. Planteado originalmente a finales del siglo XIX, sostiene que una estructura o condición compleja perdida durante la evolución difícilmente reaparece exactamente de la misma manera.
Eso no significa que la evolución tenga una dirección predeterminada ni que jamás pueda producir características similares a otras desaparecidas. La conclusión del estudio es más precisa: determinadas transformaciones pueden acumularse hasta crear umbrales que hacen extraordinariamente improbable recorrer el camino inverso.
Los investigadores encontraron precisamente esa frontera entre los mamíferos que conservan buena movilidad terrestre y aquellos cuya anatomía ya depende intensamente del agua. Las tasas estimadas de regreso desde los estados de mayor especialización acuática fueron prácticamente nulas.
Por eso una foca todavía puede desplazarse por una playa, mientras que una orca o un delfín dependen completamente del agua para sostener y mover sus cuerpos.
La paradoja es que una extraordinaria adaptación también implica dependencia. Millones de años de evolución permitieron a los cetáceos explotar con enorme eficacia los ecosistemas acuáticos, pero cerraron prácticamente la posibilidad de abandonarlos. Su futuro evolutivo, según las evidencias disponibles, seguirá ligado al agua.
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