La Amazonía, uno de los biomas más biodiversos del planeta, todavía guarda secretos. En marzo de 2026, investigadores del Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador y otras instituciones publicaron el primer inventario de peces del río Conambo. Documentaron 118 especies agrupadas en 7 órdenes y 31 familias, incluidas varias no registradas previamente. El hallazgo demuestra que, en pleno siglo XXI, las cuencas inexploradas siguen albergando una riqueza oculta. Sin embargo, la expansión agrícola, la minería y la construcción de represas amenazan estos ecosistemas frágiles.
Un rincón oculto de la Amazonía: el río Conambo
El Conambo nace en las laderas orientales de la cordillera Andina ecuatoriana y recorre unos 215 kilómetros hasta confluir con el Pindo, formando el Tigre y, finalmente, el Marañón y el Amazonas. Su cuenca, de 7.316 km², atraviesa selvas de tierras bajas donde habitan los pueblos indígenas achuar, zápara y shiwiar.
El acceso es difícil y el impacto humano, casi inexistente: las comunidades viven de la agricultura de subsistencia y la pesca artesanal, lo que ha mantenido las aguas limpias. El Instituto Nacional de Biodiversidad lo considera un “laboratorio natural” para comprender la biodiversidad.
La heterogeneidad hidroquímica del río, con variaciones de pH y conductividad entre el tramo superior y medio, crea un mosaico de microhábitats que favorece la diversificación de peces.
A lo largo de su curso, el Conambo serpentea entre selvas primarias, bosques inundables y territorios indígenas, alimentando lagunas y ríos que sirven de refugio para especies endémicas. Su estado prístino y la ausencia de represas o carreteras principales explican por qué la ictiofauna, es decir la fauna centrada en los peces, permanecía sin estudiar hasta el siglo XXI, y ponen de relieve la importancia de proteger estas cuencas frente a las presiones de la colonización y el extractivismo. Sus aguas cristalinas albergan aún más secretos.
El descubrimiento de 118 nuevas especies en la Amazonía
La investigación publicada en PeerJ, mostró el inventario del Conambo con la identificación de 118 especies de peces de agua dulce distribuidas en 7 órdenes y 31 familias. Predominan los caraciformes y siluriformes, con familias como Characidae, Loricariidae y Cichlidae que presentan alta diversidad y roles ecológicos clave.
Entre las especies documentadas se encuentran carácidos, como Aequidens tetramerus, y proquilodóntidos, como Prochilodus nigricans, registros novedosos para Ecuador, y también especies que podrían ser nuevas para la ciencia.
Aunque este es el primer inventario considerado completo, los autores reconocen que la diversidad puede ser mayor y subrayan la necesidad de más estudios. La lista incluye especies de hábitos bentónicos y pelágicos, desde diminutos tetras hasta grandes bagres, cada uno adaptado a nichos específicos de la cuenca.
Estos descubrimientos enriquecen las colecciones científicas nacionales considerablemente. Este hallazgo representa un avance significativo para la ictiología sudamericana y, por supuesto, refuerza la importancia de las áreas prístinas como reservas de biodiversidad.
La Amazonía: un ecosistema lleno de biodiversidad aún desconocida
La cuenca amazónica, con más de seis millones de kilómetros cuadrados, descarga el 16 % del agua dulce mundial y alberga la mayor diversidad de peces del planeta. Se han documentado alrededor de 2.257 especies de peces, de las cuales 1.248 son endémicas, y también muchas más especies de otros tipos de vertebrados.
Sin embargo, los científicos han descrito solo 1,9 millones de especies a nivel global, mientras las estimaciones sugieren entre 10 y 20 millones, con grandes incógnitas. En la Amazonía, subcuencas remotas como el Conambo demuestran que aún se desconocen muchas especies.
La organización World Wildlife menciona que el avance de la agricultura, la deforestación, la minería y la construcción de represas amenaza estos ecosistemas y puede provocar extinciones antes de que conozcamos su biodiversidad. Proteger estos paisajes es vital no solo para preservar la vida silvestre, sino también para los más de 30 millones de personas que dependen de los servicios ecológicos de la Amazonía.
Ciencia e investigación: cómo se descubren nuevas especies
La descripción de una nueva especie exige rigurosidad. En el Conambo, los investigadores tomaron muestras durante las estaciones de aguas altas y bajas utilizando redes de enmalle, anzuelos, cañas y redes de mano. En arroyos recurrieron a la raíz de barbasco, una técnica ancestral compartida por las comunidades shiwiar y zápara. Posteriormente, los ejemplares fueron anestesiados, fijados en formaldehído y preservados en etanol para su identificación en laboratorio.
En el laboratorio se compararon con claves taxonómicas y colecciones de referencia para determinar si correspondían a especies descritas.
Para describir formalmente una especie se requiere un “espécimen tipo”, la publicación de una diagnosis detallada y la revisión por pares. Cuando las diferencias morfológicas son sutiles, se aplican pruebas genéticas para confirmar su identidad.
Actualmente, técnicas como el ADN ambiental (eDNA) y el metabarcoding permiten detectar comunidades a partir de fragmentos de ADN presentes en el agua. Este método, probado en la cuenca amazónica, identifica la composición de peces sin capturarlos mediante filtración de agua, amplificación con cebadores universales y secuenciación de fragmentos de genes. Estas herramientas complementan los inventarios tradicionales y facilitan el estudio de la biodiversidad en áreas remotas de la región.
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