Los ecologistas coinciden: “No son los jabalíes quienes cruzan las carreteras, sino las carreteras las que cruzan sus hábitats”

Los ecologistas coinciden: “No son los jabalíes quienes cruzan las carreteras, sino las carreteras las que cruzan sus hábitats”
Imagen: EFE / Andreu Dalmau

Un jabalí atravesando una autovía a plena noche o un corzo sorprendido entre dos carriles suele generar la misma reacción: la sensación de que la fauna silvestre “entra” en espacios humanos. Pero esa lectura, cada vez más cuestionada por la ecología contemporánea, invierte el problema.

En realidad, recuerdan numerosos especialistas, lo que está ocurriendo es otra cosa: el territorio de la fauna ha sido progresivamente dividido por infraestructuras humanas. El catedrático de Ecología Joan Pino lo sintetiza con una frase que se ha convertido en referencia: «No son los jabalíes o los corzos los que cruzan nuestras carreteras; son nuestras carreteras las que cruzan sus hábitats».

Detrás de esa idea hay un consenso científico creciente: carreteras, urbanizaciones y áreas industriales no solo ocupan espacio, sino que fragmentan ecosistemas completos, alterando los movimientos de miles de especies y afectando incluso al funcionamiento de la naturaleza en las ciudades.

Un territorio dividido: cuando la infraestructura rompe la continuidad ecológica

Las carreteras son una de las infraestructuras más extendidas del planeta, y también una de las más transformadoras desde el punto de vista ecológico. Allí donde antes había continuidad de bosques, campos o riberas, aparecen líneas que separan, aíslan y condicionan el movimiento de la fauna.

Este fenómeno no es una metáfora: es medible. La fragmentación del hábitat reduce el tamaño de las poblaciones, dificulta la reproducción y limita el intercambio genético. En algunos casos, incluso especies comunes comienzan a mostrar signos de aislamiento.

El investigador especializado en ecología de infraestructuras Hugo Coitiño lo resume de forma directa al señalar que las carreteras «fragmentan el paisaje», alterando la conectividad entre poblaciones animales. No se trata solo de atropellos, sino de una transformación estructural del territorio.

En el mismo sentido, la literatura científica internacional sobre ecología del paisaje insiste en que muchos animales cruzan carreteras porque ambos lados siguen formando parte de su territorio original, aunque esté cortado físicamente por asfalto y tráfico.

La idea se refuerza en una formulación muy repetida en divulgación ambiental: «No es la fauna la que cruza la carretera, es la carretera la que cruza su hábitat», una frase que aparece en trabajos y análisis sobre fragmentación ecológica y que resume un consenso técnico más amplio.

Organizaciones como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y centros de investigación europeos llevan años alertando de que la conectividad ecológica es tan importante como la protección de espacios naturales aislados. Sin conexión entre hábitats, los ecosistemas pierden resiliencia y capacidad de adaptación.

Imagen: Europa Press

Las ciudades también son ecosistemas: biodiversidad en espacios inesperados

La misma lógica que explica la fragmentación de los hábitats naturales se aplica, cada vez más, a las ciudades. Lejos de ser espacios completamente artificiales, los entornos urbanos son también ecosistemas donde la biodiversidad persiste, se adapta y, en algunos casos, se expande.

Parques urbanos, riberas, jardines, solares abandonados o infraestructuras verdes funcionan como refugios para aves, insectos polinizadores, pequeños mamíferos e incluso especies de mayor tamaño. El problema aparece cuando estos espacios están aislados entre sí.

El ecólogo Joan Pino ha descrito la naturaleza urbana como «una naturaleza en maceta pequeña: frágil y particular», subrayando que su supervivencia depende en gran medida del diseño de la ciudad. No es una naturaleza autónoma, sino profundamente condicionada por la planificación urbana.

También ha advertido de un fenómeno global: «Las ciudades del planeta se parecen cada vez más entre ellas, también en cuanto a su biodiversidad», una tendencia que la ecología denomina homogeneización biótica. Es decir, muchas especies locales desaparecen mientras otras, más generalistas, se expanden en entornos urbanos similares en todo el mundo.

Este cambio ha llevado a organismos como la Agencia Europea de Medio Ambiente a defender con más fuerza la creación de infraestructura verde conectada: corredores ecológicos, parques interconectados y redes de espacios naturales que permitan el movimiento de especies dentro de las ciudades.

Algunas ciudades europeas y asiáticas ya están aplicando estas ideas. En Barcelona, Ámsterdam o Singapur, la planificación urbana incorpora cada vez más soluciones basadas en la naturaleza, no solo como elemento estético, sino como parte funcional del sistema urbano.

El impacto invisible: ruido, luz y tráfico como fuerzas ecológicas

La fragmentación del hábitat no es solo física. Las ciudades y las carreteras generan también una serie de impactos invisibles que modifican profundamente el comportamiento de la fauna.

El ruido del tráfico es uno de los más estudiados. En entornos urbanos, algunas aves han sido observadas modificando la frecuencia de sus cantos para poder comunicarse. Otras alteran sus horarios de actividad para evitar las horas de mayor presencia humana.

La luz artificial añade otra capa de presión. La contaminación lumínica afecta a insectos nocturnos, aves migratorias y murciélagos, alterando sus patrones de orientación, alimentación y reproducción.

Organizaciones como WWF y BirdLife International han advertido de que la pérdida de biodiversidad no se debe solo a la destrucción de hábitats, sino también a la degradación de los que permanecen.

En este contexto, los expertos insisten en que aumentar zonas verdes no es suficiente si no se mejora su calidad ecológica y, sobre todo, su conexión. Un parque aislado puede funcionar como refugio temporal, pero no como parte de una red funcional.

Rediseñar el territorio: de la coexistencia a la conectividad

La idea que atraviesa todas estas visiones es sencilla pero disruptiva: el problema no es la fauna, sino el diseño del territorio.

La metáfora de Joan Pino sobre los ecosistemas como un avión al que se le van retirando piezas ayuda a entenderlo: cada carretera, urbanización o infraestructura puede parecer un cambio menor, pero el efecto acumulado altera el funcionamiento global del sistema.

En este contexto, los llamados pasos de fauna, los ecoductos y los corredores ecológicos no son soluciones accesorias, sino intentos de reconstruir conexiones perdidas. Su objetivo no es solo evitar atropellos, sino recuperar procesos ecológicos básicos.

Al mismo tiempo, la biodiversidad urbana se ha convertido en una pieza clave del futuro de las ciudades. No como elemento decorativo, sino como infraestructura esencial para la salud ambiental, la regulación del clima y el bienestar humano.

La conclusión que comparten cada vez más ecólogos es clara: no vivimos fuera de la naturaleza, sino dentro de ella, aunque a menudo lo olvidemos. Y mientras las infraestructuras sigan cruzando los hábitats sin tener en cuenta su funcionamiento, los animales seguirán haciendo lo que han hecho siempre: moverse por un territorio que aún reconocen como suyo.

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