Plantaron un millón de árboles sobre una antigua finca ganadera y 25 años después ha regresado un animal que llevaba más de un siglo extinto en la región
A unos 100 kilómetros de Río de Janeiro, un paisaje que durante buena parte del siglo XX estuvo dominado por pastizales para ganado vuelve a parecerse cada vez más al bosque que ocupaba originalmente la región. El cambio no ocurrió de forma espontánea ni rápida: detrás hay más de dos décadas de compra de terrenos degradados, producción de plantas en viveros, restauración de humedales, vigilancia contra la caza y reintroducción de fauna.
El escenario es la Reserva Ecológica de Guapiaçu (REGUA), en el municipio de Cachoeiras de Macacu. La historia comenzó con una propiedad perteneciente desde 1907 a la familia de Nicholas Locke. En 2001, Locke y su esposa, Raquel, impulsaron formalmente la reserva con el objetivo de proteger los fragmentos de Mata Atlántica que todavía sobrevivían y recuperar las zonas que habían sido transformadas en pastizales.
Veinticinco años después, el resultado permite observar algo más complejo que una simple plantación de árboles: el regreso progresivo de un ecosistema.
Un millón de árboles y 710 hectáreas recuperadas: así renació el bosque
Las cifras muestran la magnitud del trabajo. Un balance anterior de World Land Trust sobre el proyecto de REGUA contabilizaba 840.000 árboles plantados y 607 hectáreas restauradas. Los datos actuales de la propia Reserva Ecológica de Guapiaçu elevan ya el balance a 1.002.000 plantones y 710 hectáreas recuperadas.
Una parte esencial del proyecto es su vivero, donde se cultivan especies autóctonas a partir de semillas recogidas en los bosques próximos. La restauración no consiste únicamente en cubrir nuevamente el terreno de vegetación. Se intenta reconstruir un bosque diverso y, sobre todo, conectar fragmentos de Mata Atlántica que habían quedado aislados.
Estos corredores son fundamentales porque permiten el desplazamiento de animales, la dispersión de semillas y el intercambio genético entre poblaciones que de otro modo quedarían separadas.
REGUA también recuperó humedales sobre antiguos pastizales. Con el agua regresaron rápidamente aves acuáticas, capibaras y caimanes de hocico ancho. Actualmente, la reserva registra más de 600 especies de plantas nativas, 480 especies de aves, 73 de anfibios, 37 de reptiles y centenares de especies de mariposas, arañas y libélulas.
El tapir vuelve a Río de Janeiro tras más de un siglo desaparecido
Pero posiblemente ninguna especie simbolice mejor la transformación que el tapir amazónico o tapir sudamericano (Tapirus terrestris), el mamífero terrestre autóctono de mayor tamaño de Sudamérica.
El animal había desaparecido del estado de Río de Janeiro debido fundamentalmente a la pérdida de hábitat y la caza. Según REGUA, el último registro confirmado en el estado databa de 1914, en el Parque Nacional de Serra dos Órgãos. Por eso el tapir no podía simplemente regresar cuando reapareció el bosque. Fue necesario reintroducirlo.
El programa comenzó en 2017, cuando llegaron tres ejemplares, dentro de una iniciativa encabezada por el proyecto Refauna y desarrollada junto a instituciones científicas y conservacionistas. Los animales fueron liberados y monitorizados para estudiar su adaptación, movimientos y capacidad para dispersar semillas.
Los primeros balances hablaban de 11 tapires libres y tres crías nacidas en la zona. La información oficial actualizada de REGUA indica que en 2026 existen alrededor de 25 tapires dentro y en los alrededores de la reserva, incluidos ejemplares nacidos de animales reintroducidos.
La reproducción resulta especialmente importante: significa que el proyecto está avanzando desde la liberación puntual de individuos hacia el establecimiento de una población capaz de mantenerse en libertad.
El regreso del tapir favorece la regeneración de la Mata Atlántica
El regreso del tapir no es solamente una buena noticia para la conservación de una especie. Estos grandes herbívoros desempeñan una función ecológica decisiva.
Al consumir frutos y desplazarse por extensas superficies, transportan semillas que posteriormente depositan a través de sus excrementos. Por esta capacidad para modificar y regenerar el paisaje, los tapires suelen ser considerados importantes dispersores de semillas. REGUA y sus socios científicos estudian precisamente este papel dentro de la restauración de la Mata Atlántica.
El objetivo a largo plazo es que los animales puedan expandirse desde Guapiaçu hacia el Parque Estatal de los Tres Picos y otros bosques vecinos, recuperando progresivamente una distribución perdida hace décadas.
El proyecto tiene además una dimensión territorial mucho mayor. World Land Trust recuerda que la Mata Atlántica conserva solamente entre aproximadamente el 11% y el 16% de su cobertura original y que unos 135 millones de personas dependen del agua proporcionada por sus cuencas forestales.
El bosque recupera su vida silvestre, pero la restauración continúa
REGUA protege hoy miles de hectáreas mediante terrenos propios y acuerdos con propietarios. En sus bosques se han registrado también pumas, ocelotes y el muriquí del sur, uno de los primates más amenazados de Brasil.
La transformación demuestra, sobre todo, que restaurar un ecosistema significa mucho más que plantar árboles. Requiere recuperar suelos, agua, conexiones entre bosques y las relaciones entre plantas y animales.
Hace 25 años, buena parte de estas tierras eran pastizales degradados. Ahora vuelven a tener bosque, humedales y grandes mamíferos. Y el regreso del tapir, ausente durante más de un siglo, ofrece quizás la prueba más visible de que un ecosistema degradado puede recuperar parte de su complejidad si dispone de espacio, protección y, sobre todo, tiempo.
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