Recogieron 8.000 botellas de vidrio durante dos años y acabaron construyendo una casa de siete habitaciones
Lo que para muchos era basura abandonada en las playas y otros puntos de la isla brasileña de Itamaracá se convirtió en la materia prima de una vivienda. Edna Dantas y su hija, Maria Gabrielly Dantas, reunieron miles de botellas de vidrio y las incorporaron a las paredes de una casa que acabaron levantando con sus propias manos.
El proyecto, conocido como Casa de Sal, comenzó durante la pandemia y nació de una preocupación muy concreta: la gran cantidad de residuos que se acumulaban en el entorno después de los periodos de mayor actividad turística. La respuesta de madre e hija fue poco habitual: en lugar de considerar las botellas un residuo sin utilidad, decidieron darles una segunda vida como material de construcción.
Las botellas que terminaban abandonadas acabaron formando las paredes de la casa
La historia comenzó en la isla de Itamaracá, en el estado brasileño de Pernambuco. Edna y Maria Gabrielly empezaron a recoger botellas de vidrio que encontraban en playas, manglares, terrenos abandonados y otros lugares donde se habían acumulado residuos.
En 2021, cuando el proyecto todavía estaba en desarrollo, ya habían conseguido reunir alrededor de 6.000 envases. Según explicaba entonces Maria Gabrielly a UOL Ecoa, todas las botellas eran recogidas, higienizadas y preparadas antes de incorporarlas a la construcción. Muchas procedían de un radio cercano a la vivienda.
Con el tiempo, la cifra aumentó hasta superar las 8.000 botellas de vidrio recicladas, que terminaron formando parte de los muros de la casa.
La idea no consistía simplemente en colocar botellas como elemento decorativo. Madre e hija tuvieron que desarrollar una manera de integrarlas en la estructura para que pudieran formar paredes estables.
Así consiguieron construir muros con miles de botellas de vidrio
Una de las características más llamativas de la Casa de Sal es la forma en la que están colocadas las botellas.
En lugar de disponerlas horizontalmente, Edna y Maria Gabrielly las colocaron en posición vertical y fueron alternando su orientación en las distintas filas. De esta manera consiguieron compensar las diferencias entre la base y el cuello de los envases y mantener las paredes niveladas. Los espacios entre las botellas se rellenaron con una mezcla de cemento y arena.
La estructura de la vivienda también incorpora otros materiales recuperados. La madera reutilizada forma parte de la construcción y los palés reciclados se emplearon para algunas divisiones interiores. Incluso se utilizaron tubos vacíos de pasta de dientes para elaborar elementos de la cubierta.
Así, el vidrio no es el único residuo aprovechado: la vivienda nació de la intención de reutilizar materiales que normalmente acabarían convertidos en basura.
De miles de residuos abandonados a una casa de siete habitaciones
La construcción comenzó el 1 de mayo de 2020, en plena pandemia. Durante aproximadamente el primer año y medio, madre e hija fueron levantando la estructura principal y ampliando progresivamente el proyecto hasta convertirlo en una vivienda funcional.
El resultado es una casa de siete habitaciones, construida principalmente a partir de materiales recuperados.
Y hay un efecto añadido que resulta especialmente llamativo. Al estar las botellas colocadas verticalmente en las paredes, la luz natural atraviesa algunas zonas de vidrio y crea reflejos y haces de luz en el interior. Lo que comenzó como una solución para aprovechar un residuo terminó convirtiéndose también en una característica estética de la vivienda.
La propia historia del proyecto demuestra además que reutilizar residuos no significa necesariamente utilizarlos exactamente para aquello para lo que fueron fabricados. Una botella de vidrio deja de ser únicamente un envase cuando se incorpora a otro proceso y pasa a convertirse en parte de un muro.
Una casa que convierte el reciclaje en una forma de construcción
La Casa de Sal resulta llamativa por sus dimensiones y por las 8.000 botellas utilizadas, pero su interés ambiental está precisamente en lo que ocurre antes de que esos materiales lleguen a las paredes.
En lugar de que los envases abandonados permanecieran en el entorno, fueron recogidos, limpiados y transformados en un recurso. Es una idea relacionada con uno de los principios fundamentales de la economía circular: intentar mantener los materiales en uso durante más tiempo y reducir la cantidad de residuos que terminan descartados.
El proyecto también pone el foco en un problema especialmente visible en zonas turísticas. Después de los periodos de mayor afluencia, una gran cantidad de envases puede acabar abandonada en playas y otros espacios naturales. En Itamaracá, Edna y Maria Gabrielly decidieron actuar directamente sobre parte de esos residuos.
La Casa de Sal es, por tanto, mucho más que una vivienda construida con botellas. Es el resultado de mirar un residuo desde otra perspectiva: aquello que alguien desecha puede convertirse en materia prima si se encuentra una manera de aprovecharlo.
Y quizá esa sea la parte más interesante de esta historia. Las 8.000 botellas no desaparecieron por reciclarse de la manera convencional, sino que cambiaron completamente de función. Pasaron de ser envases abandonados a formar parte de una casa que hoy muestra, literalmente en sus paredes, hasta dónde puede llegar la reutilización y el reciclaje de un material.
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