Todo empezó con 18 castores liberados ilegalmente en España: ahora ya avanzan por los ríos catalanes
Durante siglos, los castores desaparecieron completamente de España. Nadie esperaba volver a verlos en los ríos de la península. Por eso, cuando empezaron a aparecer árboles roídos, huellas extrañas y pequeñas presas en distintos puntos de la cuenca del Ebro, muchos investigadores pensaron que tenía que haber una explicación alternativa. Sin embargo, no la había. Los castores habían vuelto, y detrás de su regreso había una historia todavía más sorprendente: alguien había liberado ilegalmente 18 castores en España. Hoy, más de dos décadas después, esos animales ya avanzan por los ríos catalanes y protagonizan uno de los debates ecológicos más curiosos de los últimos años.
El misterio de los castores que desconcertó a los científicos
La historia empezó a principios de los años 2000. Mientras estudiaban otras especies en la ribera del río Aragón, varios investigadores comenzaron a detectar señales difíciles de ignorar: troncos mordidos con una forma muy concreta, madrigueras, restos de ramas acumuladas y marcas que apuntaban claramente a la presencia de castores.
El problema era evidente. Oficialmente, en España no quedaban castores desde hacía siglos.
Durante mucho tiempo hubo dudas sobre cuándo desapareció exactamente el castor europeo de la península ibérica. Algunas teorías apuntaban al siglo XVII o XVIII, aunque otros estudios sitúan las últimas evidencias fiables incluso mucho antes. Lo único claro era que la especie llevaba muchísimo tiempo extinguida en territorio español.
Por eso el hallazgo dejó desconcertados a los científicos. Poco después, las investigaciones acabaron revelando la explicación más inesperada: alguien había liberado de forma clandestina 18 castores europeos procedentes de Baviera entre Navarra y La Rioja. Se descubrió que la reintroducción de estos ejemplares fue realizada por activistas naturalistas centroeuropeos, que no tuvieron en cuenta la normativa española, ni la europea.
Los animales sobrevivieron, y no solo eso: comenzaron a expandirse rápidamente por distintos tramos fluviales.
Los castores en España: de una liberación ilegal a una expansión imparable
Lo que parecía una acción aislada terminó convirtiéndose en una expansión difícil de detener. En apenas unos años, los castores empezaron a colonizar nuevos puntos de la cuenca del Ebro. Su capacidad para adaptarse al entorno y reproducirse aceleró el proceso mucho más de lo que esperaban las administraciones.
Con el paso del tiempo, la especie fue avanzando río abajo hasta alcanzar zonas próximas a Catalunya. Los últimos avistamientos confirmados ya sitúan ejemplares en áreas del Segrià, muy cerca de la confluencia entre el Segre y el Cinca.
Los expertos consideran que era solo cuestión de tiempo. De hecho, muchos investigadores creen que los castores acabarán asentándose de forma estable en distintos tramos fluviales catalanes durante los próximos años.
Lo más llamativo es que el regreso del castor en España empezó siendo considerado un problema. En los primeros años, las administraciones intentaron capturar ejemplares para evitar que la especie se expandiera. Sin embargo, el crecimiento de la población hizo muy difícil cualquier intento de erradicación.
Con el tiempo, además, cambió la visión sobre estos animales. Europa reconoció que el castor europeo era una especie autóctona que se había extinguido por la presión humana y la caza. Finalmente, en 2020, España incluyó al castor en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), lo que significa que actualmente está protegido por ley.
La paradoja es difícil de ignorar: una especie que regresó mediante una liberación ilegal terminó convirtiéndose en un animal protegido.
El inesperado efecto de los castores sobre el agua y el clima
Pero el debate sobre los castores no gira solo alrededor de su expansión. En los últimos años, distintos estudios científicos han empezado a señalar que estos animales podrían tener efectos positivos sobre los ecosistemas y sobre el agua.
Los castores construyen pequeñas presas con ramas, barro y sedimentos. Estas estructuras ralentizan el paso del agua y generan zonas húmedas alrededor de los ríos. Gracias a eso, el agua se infiltra mejor en el suelo y ayuda a recargar los acuíferos.
Además, esos humedales conservan la humedad durante más tiempo y crean refugios naturales para muchas otras especies. Por estas razones se les conoce como "ingenieros de ecosistemas".
Algunos investigadores también destacan otro posible beneficio: la capacidad de almacenar carbono. Un estudio científico reciente concluyó que las zonas con presencia de castores pueden llegar a capturar hasta un 26% más de carbono gracias a la acumulación de sedimentos y materia orgánica.
En un contexto marcado por la sequía y las temperaturas extremas, muchos expertos consideran que estas transformaciones podrían ayudar a mitigar algunos efectos del cambio climático.
Por eso, el castor ha pasado de ser visto únicamente como una especie problemática a convertirse también en un posible aliado ambiental.
Un debate abierto mientras siguen avanzando
Aun así, no todo el mundo ve con buenos ojos su expansión. Algunos agricultores han mostrado preocupación por los posibles daños cerca de cultivos situados junto a los ríos, especialmente por la tala de pequeños árboles y ramas.
Los especialistas, sin embargo, recuerdan que la actividad de los castores suele concentrarse muy cerca de las orillas y que su impacto acostumbra a ser localizado.
Mientras continúa el debate, los castores siguen haciendo lo mismo que llevan siglos haciendo: construir diques, modificar pequeños tramos fluviales y expandirse por nuevos territorios.
Y así, más de veinte años después de aquella liberación ilegal de 18 animales, España vive una situación tan extraña como fascinante: una especie extinguida ha regresado, ya ha llegado a los ríos catalanes y podría terminar ayudando a reparar parte de los daños ambientales provocados por los propios humanos.
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