Científicos explican la gran paradoja de Chernóbil: hoy alberga más fauna salvaje que antes del accidente

 
Por Alejandro Lingenti. 3 agosto 2026

Chernóbil ha quedado asociada a la peor catástrofe nuclear de la historia. La explosión del reactor número 4 de la central ucraniana, el 26 de abril de 1986, obligó a evacuar a más de 100.000 personas y dio lugar a una zona de exclusión de unos 2.600 kilómetros cuadrados que, durante años, se consideró prácticamente incompatible con la vida.

Cuatro décadas después, ese paisaje de pueblos abandonados, edificios invadidos por la vegetación y carreteras desiertas se ha convertido en uno de los experimentos ecológicos más fascinantes del planeta. Lobos, linces, alces, ciervos, jabalíes, castores, osos pardos e incluso caballos de Przewalski viven hoy en un territorio donde la presencia humana es mínima.

Esta aparente contradicción ha llevado a numerosos investigadores a hablar de la gran “paradoja de Chernóbil” un lugar todavía contaminado por radionúclidos alberga una biodiversidad muy superior a la que existía cuando la zona estaba habitada.

Ahora bien, los científicos insisten en una idea fundamental: la radiación no ha beneficiado a la naturaleza. Lo que ha ocurrido es mucho más complejo y, probablemente, mucho más revelador sobre el impacto que los seres humanos ejercen sobre los ecosistemas.

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Los científicos creen que esta fue la verdadera razón de la recuperación de Chernóbil

La explicación que reúne mayor consenso entre los especialistas es sorprendentemente sencilla: al desaparecer casi toda la actividad humana, la naturaleza recuperó un territorio inmenso.

Antes del accidente, esta región del norte de Ucrania estaba ocupada por pueblos, explotaciones agrícolas, carreteras, industrias y una intensa actividad forestal. Tras la evacuación, cesaron la agricultura, la caza, la urbanización y buena parte del tráfico rodado. Los bosques comenzaron a expandirse y muchas especies recuperaron corredores ecológicos que habían permanecido fragmentados durante décadas.

La zona de exclusión de Chernóbil y las reservas naturales adyacentes en Bielorrusia constituyen hoy uno de los espacios continuos de naturaleza mejor conservados de Europa oriental. Allí prosperan poblaciones de lobos, alces, corzos, ciervos, jabalíes y numerosas aves rapaces gracias, sobre todo, a la ausencia casi total de presión humana.

Esta idea acaba de reforzarse con un estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B, que concluye que el acceso restringido de las personas ha sido el principal factor que ha permitido la recolonización de los grandes mamíferos, por encima del efecto negativo de la contaminación radiactiva.

En otras palabras, Chernóbil demuestra que muchas especies responden extraordinariamente rápido cuando desaparecen la caza, las carreteras, el ruido, la agricultura intensiva y la transformación del paisaje.

Lobos, osos y caballos salvajes: las especies que han conquistado Chernóbil

Uno de los ejemplos más llamativos es el del lobo. La densidad poblacional de esta especie dentro de la zona de exclusión es muy superior a la registrada en áreas protegidas cercanas. En algunos sectores se han llegado a estimar poblaciones varias veces superiores a las existentes antes del accidente. Pero no son los únicos protagonistas.

En las últimas décadas también han aumentado los alces, los corzos, los ciervos, los jabalíes, los castores y numerosas especies de aves. Incluso el oso pardo, desaparecido durante mucho tiempo de la región, ha vuelto a detectarse.

Otro caso especialmente simbólico es el del caballo de Przewalski, una especie considerada extinta en libertad durante el siglo XX. Introducido experimentalmente en la zona de exclusión en 1998, hoy mantiene una población estable y constituye uno de los mayores éxitos de conservación asociados a este singular laboratorio natural.

La vegetación también ha experimentado una transformación radical. Calles, edificios y antiguas infraestructuras han quedado completamente colonizados por árboles y arbustos, generando nuevos hábitats para numerosas especies.

La radiación sigue dejando huella en la fauna de Chernóbil

Que la fauna haya aumentado no significa que la radiación haya dejado de ser un problema. Los investigadores insisten en que el éxito de las poblaciones animales no elimina los efectos biológicos derivados de la contaminación radiactiva.

La propia Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) remarca que, tras el accidente, muchas poblaciones de plantas y animales sufrieron importantes daños y que todavía hoy siguen observándose alteraciones genéticas y citogenéticas en determinadas especies, aunque la mayoría de las poblaciones se recuperó progresivamente gracias a la reproducción y a la llegada de individuos procedentes de zonas menos contaminadas.

Se han documentado cataratas en aves, alteraciones reproductivas, cambios inmunológicos y modificaciones en la pigmentación de algunas ranas que viven en áreas con mayores niveles de radiación. Estos efectos suelen aparecer sobre todo en organismos que permanecen continuamente expuestos a los puntos más contaminados.

Por eso, los expertos advierten de que sería un error interpretar Chernóbil como una demostración de que la radiación resulta inocua para la biodiversidad.

La guerra volvió a cambiar el comportamiento de la fauna de Chernóbil

La invasión rusa iniciada en 2022 abrió un nuevo capítulo para la zona de exclusión. Investigadores de la Universidad de Friburgo y de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) han demostrado que la actividad militar modificó el comportamiento de numerosas especies de mamíferos. Gracias a una red de cámaras trampa instalada antes del conflicto, comprobaron que animales como corzos, alces o zorros alteraron sus patrones de actividad debido al paso de vehículos militares, las explosiones y el incremento del ruido.

Este trabajo constituye una de las primeras evidencias directas de cómo una guerra puede afectar al comportamiento de la fauna salvaje incluso en un espacio donde apenas viven personas.

La gran lección que Chernóbil deja sobre el impacto de los seres humanos

Casi cuarenta años después del accidente, Chernóbil se ha convertido en un laboratorio natural único para comprender cómo responden los ecosistemas cuando desaparece la presión humana. Los científicos insisten en que la recuperación de la flora y la fauna no significa que la radiación sea beneficiosa o inocua, sino que pone de manifiesto el enorme impacto que actividades humanas como la agricultura, la urbanización, la caza o la construcción de infraestructuras ejercen sobre la biodiversidad.

La llamada “paradoja de Chernóbil” deja así una de las enseñanzas más relevantes para la conservación: cuando un territorio recupera espacio y tranquilidad, muchas especies son capaces de recolonizarlo con una rapidez sorprendente. Sin restar gravedad a las consecuencias del accidente nuclear, este caso demuestra hasta qué punto reducir la presión humana puede favorecer la recuperación de los ecosistemas y de la vida silvestre.

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