La frontera entre un incendio y un megaincendio forestal cada vez es más fina: el papel del cambio climático

 
Por Germán Portillo, Ambientólogo. 22 julio 2026

Cada verano deja imágenes de incendios forestales cada vez más difíciles de controlar. En muchos casos, el fuego deja de comportarse como un incendio convencional y evoluciona hasta convertirse en un megaincendio, capaz de avanzar con enorme rapidez y poner en jaque incluso a los mayores dispositivos de extinción.

Aunque el cambio climático no provoca directamente los incendios, sí está creando el escenario perfecto para que sean mucho más intensos. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, las olas de calor y la acumulación de vegetación seca están haciendo que la frontera entre un incendio forestal y un megaincendio sea cada vez más fina.

Comprender por qué ocurre este fenómeno es clave para entender uno de los mayores desafíos ambientales de nuestro tiempo. Analizamos qué factores favorecen los megaincendios, por qué resultan tan difíciles de apagar y qué medidas pueden ayudar a reducir el riesgo antes de que aparezca la primera chispa.

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El cambio climático en sí mismo no provoca los incendios, pero sí cambia por completo su comportamiento

El origen de un incendio forestal suele estar relacionado con una fuente de ignición, ya sea por causas naturales, como la caída de un rayo, o por la actividad humana, que sigue siendo responsable de la gran mayoría de los incendios. Sin embargo, una vez que el fuego se inicia, las condiciones meteorológicas y el estado de la vegetación determinan cómo evoluciona. Es precisamente en este punto donde el cambio climático está desempeñando un papel cada vez más importante.

El aumento de las temperaturas medias, la mayor frecuencia e intensidad de las olas de calor y los periodos prolongados de sequía hacen que la vegetación pierda humedad y se convierta en un combustible mucho más inflamable. Cuando un incendio comienza en estas condiciones, el fuego puede propagarse con mayor rapidez, alcanzar temperaturas más elevadas y resultar mucho más difícil de controlar.

A ello se suma que las temporadas de alto riesgo son cada vez más largas. En muchas regiones ya no se concentran únicamente en los meses de verano, sino que las condiciones favorables para los incendios pueden extenderse durante buena parte del año.

Mucho más que calor y sequía: los factores que convierten un incendio en un megaincendio

Aunque las altas temperaturas y la sequía crean un escenario favorable para la propagación del fuego, no son los únicos elementos que determinan que un incendio termine convirtiéndose en un megaincendio. En realidad, este tipo de eventos suele ser el resultado de la combinación de varios factores que actúan al mismo tiempo.

Uno de los más importantes es la acumulación de combustible vegetal. Décadas de abandono del medio rural, el aumento de la superficie forestal sin gestionar y la falta de tratamientos selvícolas han favorecido que los montes acumulen grandes cantidades de árboles, matorrales y restos vegetales secos. Cuanto mayor es la cantidad de combustible disponible, mayor es también la intensidad que puede alcanzar el incendio.

Además del calor y la escasez de lluvias, el viento puede acelerar la propagación del fuego y hacer que cambie de dirección de forma repentina. Una humedad relativa muy baja contribuye igualmente a que la vegetación arda con mayor facilidad y dificulta las labores de extinción.

La propia orografía del terreno influye en la evolución del incendio. En zonas montañosas o con fuertes pendientes, las llamas tienden a ascender con mayor rapidez, ya que el calor precalienta la vegetación situada por encima del frente de fuego.

Cuando todos estos factores coinciden, el incendio puede alcanzar una intensidad tan elevada que llega a modificar las condiciones atmosféricas de su entorno. En los casos más extremos, el fuego genera su propia dinámica, creando fuertes corrientes de aire que alimentan las llamas y favorecen la aparición de focos secundarios a gran distancia mediante el transporte de pavesas.

¿Por qué estos incendios son cada vez más difíciles de apagar?

Las altas temperaturas, la baja humedad y el viento pueden hacer que el frente de llamas avance con rapidez y cambie de dirección en cuestión de minutos haciendo modificar continuamente las estrategias de extinción y dificultando el trabajo tanto de los medios terrestres como de los aéreos.

A ello se le suma que el calor extremo puede impedir que las brigadas se aproximen con seguridad al frente del fuego y reducir la eficacia de las descargas de agua realizadas por aviones y helicópteros, especialmente cuando las llamas alcanzan grandes dimensiones.

Otro factor importante es la aparición de focos secundarios. Las pavesas (que son fragmentos de vegetación en combustión transportados por el viento) pueden recorrer cientos de metros o incluso varios kilómetros antes de caer sobre zonas con vegetación seca, originando nuevos incendios por delante del frente principal.

También hay que añadir que cada vez son más frecuentes los incendios que afectan a la interfaz urbano-forestal, es decir, áreas donde viviendas, urbanizaciones o infraestructuras se encuentran rodeadas de vegetación. En estas situaciones, una parte importante de los recursos debe destinarse a proteger a la población y los bienes materiales, lo que reduce la capacidad para atacar directamente el incendio.

Reducir el riesgo pasa por actuar mucho antes de que aparezca la primera chispa

La lucha contra los grandes incendios forestales no comienza cuando se detectan las primeras llamas, sino mucho antes. Aunque contar con medios de extinción eficaces sigue siendo imprescindible, numerosos especialistas coinciden en que la mejor estrategia para reducir el riesgo pasa por prevenir que los incendios alcancen una intensidad incontrolable.

Una de las medidas más importantes es la gestión activa de los montes. La eliminación del exceso de matorral, los tratamientos selvícolas, las quemas prescritas o el aprovechamiento sostenible de la biomasa permiten reducir la cantidad de combustible disponible. De este modo, si se produce un incendio, las llamas tienen menos capacidad para propagarse con rapidez y alcanzar un comportamiento extremo.

La recuperación de actividades tradicionales también puede contribuir a disminuir el riesgo. La ganadería extensiva, el aprovechamiento forestal o determinados usos agrícolas ayudan a mantener paisajes más diversos y menos continuos, creando zonas que dificultan el avance del fuego.

La prevención también pasa por reducir las causas de ignición. Dado que la mayoría de los incendios tienen origen humano, es fundamental extremar las precauciones durante los periodos de mayor riesgo, evitar actividades que puedan generar chispas y cumplir las restricciones establecidas por las administraciones cuando las condiciones meteorológicas son especialmente desfavorables.

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