“La mayoría de los incendios forestales tienen origen humano”, advierte el ambientólogo Germán Portillo
Cada verano, las imágenes de montes arrasados por las llamas vuelven a ocupar titulares y generan una pregunta recurrente: ¿qué provoca realmente un incendio forestal? Aunque las altas temperaturas, el viento o la sequía favorecen que el fuego se propague con rapidez, en la mayoría de los casos el origen no está en la naturaleza, sino en la actividad humana.
Un descuido aparentemente insignificante puede tener consecuencias devastadoras cuando las condiciones meteorológicas son extremas. Una colilla mal apagada, una quema agrícola fuera de control o una chispa generada por una máquina pueden acabar desencadenando un incendio capaz de arrasar cientos o miles de hectáreas en cuestión de horas.
Para conocer cuáles son las negligencias más habituales y qué puede hacer la ciudadanía para reducir el riesgo, hablamos con el ambientólogo Germán Portillo, que recuerda que la prevención sigue siendo la herramienta más eficaz para evitar que una imprudencia termine convirtiéndose en una emergencia ambiental.
La mayoría de los incendios no empiezan de forma natural
Existe la creencia de que la mayoría de los incendios forestales son consecuencia de fenómenos naturales como los rayos durante las tormentas secas. Sin embargo, la realidad es muy distinta.
Según explica Germán Portillo, “la mayoría de los incendios tienen origen humano, ya sea de forma intencionada o por negligencia”. Es decir, aunque existen incendios causados por fenómenos naturales, una gran parte de los fuegos comienza por acciones humanas que podrían haberse evitado.
Este dato cobra todavía más importancia durante el verano, cuando hay factores que hacen que cualquier pequeña fuente de ignición pueda convertirse en un incendio de grandes dimensiones.
El ambientólogo recuerda que el problema no es únicamente cómo comienza el fuego, sino las condiciones que encuentra para propagarse. “Las altas temperaturas, la baja humedad, el viento intenso y la gran cantidad de vegetación seca favorecen una rápida propagación”, explica.
Por eso, un incidente que en otras circunstancias podría quedar en un pequeño conato puede transformarse rápidamente en un gran incendio forestal cuando coinciden varios factores de riesgo.
Estas son las negligencias más frecuentes que pueden provocar un incendio
Muchas de las imprudencias que originan incendios forestales forman parte de actividades cotidianas y, precisamente por ello, suelen pasar desapercibidas.
Entre las más habituales, Germán Portillo destaca las quemas agrícolas mal controladas, que pueden reactivarse con un cambio repentino del viento y extenderse a terrenos forestales cercanos.
También señala el uso de maquinaria que genera chispas, especialmente durante trabajos agrícolas, forestales o de mantenimiento realizados en jornadas de calor intenso y baja humedad.
Las barbacoas y hogueras en zonas de riesgo continúan siendo otra de las causas que pueden acabar desencadenando incendios cuando no se respetan las restricciones establecidas o no se extreman las precauciones.
A ello se suman las colillas mal apagadas, que siguen representando un peligro importante, sobre todo en cunetas, caminos o áreas con abundante vegetación seca.
El ambientólogo también menciona los trabajos forestales realizados en condiciones meteorológicas desfavorables, cuando el calor, el viento y la sequedad del terreno incrementan notablemente el riesgo de que cualquier chispa origine un fuego.
Aunque muchas de estas acciones parecen inofensivas por separado, todas tienen un elemento en común: pueden evitarse con medidas de prevención y con un comportamiento responsable.
El cambio climático agrava las consecuencias de cualquier imprudencia
Que la mayoría de los incendios tenga origen humano no significa que el cambio climático no desempeñe un papel importante.
Como explica Germán Portillo, “el cambio climático no es el origen directo de los incendios, pero sí crea condiciones que favorecen su propagación y aumentan su intensidad”.
Las olas de calor más frecuentes, las sequías prolongadas y la disminución de la humedad de la vegetación hacen que el monte permanezca seco durante más tiempo. En este contexto, cualquier descuido tiene muchas más posibilidades de convertirse en un incendio de gran magnitud.
El ambientólogo añade que “las olas de calor más frecuentes, las sequías prolongadas y la reducción de la humedad de la vegetación hacen que el material combustible esté más seco durante más tiempo”, una situación que explica por qué los grandes incendios forestales son hoy más habituales que hace unas décadas.
Por ello, los expertos insisten en que reducir las negligencias resulta todavía más importante en un escenario marcado por el aumento de las temperaturas y los fenómenos meteorológicos extremos.
Qué puede hacer cualquier ciudadano para reducir el riesgo
Aunque la gestión forestal y la actuación de las administraciones son fundamentales, la prevención también depende de millones de pequeñas decisiones individuales.
En este sentido, Germán Portillo recuerda que “los ciudadanos pueden evitar cualquier actividad que implique riesgo de ignición durante periodos de peligro elevado, respetar las restricciones establecidas, no abandonar residuos, mantener limpias las parcelas situadas junto a zonas forestales y avisar rápidamente al servicio de emergencias si detectan humo o fuego”.
Estas recomendaciones adquieren especial importancia durante los episodios de calor extremo, cuando el riesgo de propagación aumenta considerablemente.
Además de actuar con prudencia, es importante mantenerse informado sobre las restricciones que puedan establecer las comunidades autónomas en función del nivel de riesgo, ya que algunas actividades permitidas en otras épocas del año pueden quedar temporalmente prohibidas.
La prevención sigue siendo la mejor herramienta contra los incendios
Los especialistas coinciden en que extinguir un gran incendio es una tarea cada vez más compleja. Por eso, evitar que llegue a producirse continúa siendo la estrategia más eficaz.
La gestión forestal, el mantenimiento de los montes, la vigilancia y la educación ambiental son piezas fundamentales para reducir el riesgo, pero también lo es la responsabilidad individual.
Como concluye Germán Portillo, “la prevención requiere una estrategia a largo plazo basada en una adecuada gestión forestal, inversión en medios humanos y materiales, apoyo al desarrollo rural, educación ambiental y adaptación al cambio climático”.
En un contexto en el que los incendios son cada vez más intensos y las temporadas de riesgo se prolongan durante más meses, minimizar las negligencias humanas puede marcar la diferencia entre un simple susto y una catástrofe ambiental con consecuencias durante décadas.
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