Noruega descubre que un antiguo submarino nuclear de la URSS sigue liberando radiación: la historia del Komsomolets

 
Por Alejandro Lingenti. 8 mayo 2026
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Imagen: YouTube/@havforskningen

A casi 1.700 metros de profundidad, en las aguas heladas del mar de Noruega, descansa uno de los símbolos más inquietantes de la Guerra Fría. El submarino nuclear soviético K-278 Komsomolets, hundido en 1989 tras un incendio devastador, vuelve a generar preocupación internacional después de que científicos noruegos confirmaran que continúa liberando radionúclidos al océano.

El hallazgo reabre un debate que lleva más de tres décadas latente: qué hacer con los submarinos nucleares hundidos de la antigua URSS y hasta qué punto representan todavía un riesgo ambiental.

El estudio más reciente, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), detectó fugas radiactivas persistentes en la zona del reactor del submarino, aunque sin evidencias concluyentes de daño significativo en la fauna marina cercana.

La noticia vuelve a poner el foco sobre un pecio que desde hace décadas preocupa especialmente a Noruega, uno de los países más expuestos a cualquier posible contaminación en el Ártico y el mar de Barents.

El accidente del K-278 Komsomolets, el submarino más avanzado de la URSS

El K-278 Komsomolets no era un submarino cualquiera. Formaba parte del Proyecto 685 Plavnik y fue el único ejemplar de su clase construido por la Unión Soviética. Diseñado en plena carrera tecnológica con Estados Unidos, incorporaba innovaciones extraordinarias para la época, especialmente un casco interno de titanio que le permitía alcanzar profundidades récord.

En 1984 logró descender a más de 1.000 metros, una cifra impresionante incluso para estándares actuales. El submarino estaba pensado como un laboratorio tecnológico para futuras generaciones de submarinos nucleares soviéticos.

Pero el 7 de abril de 1989 todo cambió. Un cortocircuito provocó un incendio en uno de los compartimentos de ingeniería mientras navegaba sumergido cerca de la isla noruega de Bjørnøya. Aunque la tripulación logró emerger, el fuego siguió expandiéndose durante horas. Finalmente, el submarino se hundió con su reactor nuclear y dos torpedos con cabezas nucleares todavía a bordo. Al final murieron 42 tripulantes, muchos de ellos por hipotermia mientras esperaban su rescate en aguas cercanas a los dos grados centígrados.

Imagen: Imagen: YouTube/@havforskningen

El miedo a un “Chernóbil submarino”

Desde el momento mismo del hundimiento, Noruega reclamó investigaciones exhaustivas sobre el estado del pecio. El temor era claro: que el reactor nuclear o las ojivas atómicas liberaran plutonio y otros materiales radiactivos en una de las regiones pesqueras más importantes del Atlántico Norte.

La URSS organizó expediciones oceanográficas apenas meses después del accidente. Según archivos y reconstrucciones posteriores, Moscú intentó minimizar inicialmente los riesgos ambientales, asegurando que las fugas eran "insignificantes".

Sin embargo, el asunto nunca desapareció completamente de la agenda diplomática noruega. Durante años, Oslo presionó para mantener monitoreos periódicos en la zona. En 2019 ya se habían detectado niveles elevados de cesio radiactivo en muestras tomadas cerca de los conductos de ventilación del submarino. Aquellos registros eran hasta 100.000 veces superiores a los valores normales del mar circundante, aunque muy localizados.

La posición oficial noruega ha sido relativamente prudente. Las autoridades sostienen que, de momento, no hay señales de contaminación significativa en peces ni cadenas alimentarias. Pero también reconocen que el deterioro progresivo del casco podría aumentar el riesgo con el paso de las décadas.

Rusia y el legado tóxico de la Guerra Fría

El Komsomolets no es el único submarino soviético problemático. Tras el colapso de la URSS, Rusia heredó una enorme flota nuclear envejecida y una larga lista de residuos radiactivos acumulados en el Ártico.

Uno de los casos más conocidos es el del submarino K-27, hundido deliberadamente por la Unión Soviética en el mar de Kara en 1982 tras sufrir graves fallos en sus reactores experimentales de metal líquido. Durante años, expertos noruegos y rusos discutieron la posibilidad de recuperar el submarino por temor a fugas futuras.

También existen preocupaciones sobre otros reactores, compartimentos nucleares y residuos militares depositados durante décadas en zonas árticas soviéticas.

La diferencia es que el Komsomolets permanece relativamente accesible para monitoreo científico y sigue siendo objeto de campañas periódicas internacionales. En parte porque se encuentra mucho más cerca de rutas pesqueras relevantes para Noruega.

Imagen: Imagen: YouTube/@havforskningen

Un problema ambiental y geopolítico

Noruega y Rusia han cooperado durante años en programas conjuntos de seguridad nuclear en el Ártico, incluso en períodos de tensión política. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania y el deterioro de las relaciones entre Rusia y Occidente complicaron muchos mecanismos de cooperación científica.

Al mismo tiempo, el Ártico gana importancia estratégica por el deshielo, las nuevas rutas marítimas y los recursos energéticos. Eso vuelve todavía más sensibles los riesgos ambientales en la región.

Expertos en seguridad nuclear señalan además que muchos de estos pecios fueron diseñados pensando en décadas de servicio militar, no en permanecer siglos corroídos en el fondo del océano.

Por ahora, los científicos insisten en que la contaminación detectada cerca del Komsomolets sigue siendo localizada y limitada. Pero el hallazgo reciente demuestra que el submarino continúa degradándose lentamente bajo el agua.

Treinta y siete años después de hundirse, el fantasma nuclear de la Guerra Fría sigue "vivo" en el fondo del mar.

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