En 1970 un sacerdote vendió 12.000 pirañas en Europa y utilizó el dinero para ayudar a una comunidad de la Amazonia
Una piraña atrapada en una red de pesca no parecía un buen punto de partida para transformar un pueblo. En Jenipapo, una pequeña comunidad de la isla de Marajó, en el estado brasileño de Pará, aquellos peces tenían escaso valor comercial y con frecuencia eran descartados por los pescadores. Hasta que el sacerdote jesuita italiano Giovanni Gallo decidió mirarlos de otra manera.
La historia ocurrió en los años 70 en una región condicionada por el agua. El archipiélago de Marajó combina ríos, manglares, bosques, sabanas y extensos campos que permanecen inundados durante varios meses del año. La hidrografía determina tanto sus ecosistemas como la vida cotidiana de sus habitantes.
Gallo llegó allí con una idea que hoy podría describirse como economía basada en recursos locales, aunque entonces tenía una finalidad mucho más inmediata: conseguir dinero para mejorar las condiciones de vida de una comunidad prácticamente aislada.
Las pirañas que nadie quería acabaron vendiéndose en Europa
Nacido en Turín en 1927, Gallo era sacerdote de la Compañía de Jesús y se instaló en Jenipapo, junto al lago Arari, en la primera mitad de los años 70. Un estudio sobre la historia del Museu do Marajó describe el lugar al que llegó como una comunidad sin agua corriente, electricidad ni teléfono.
Su primera respuesta no fueron las pirañas. Impulsó cursos, actividades artesanales y otras iniciativas y llegó a plantear la creación de una cooperativa de pescadores. Pero durante sus recorridos observó algo aparentemente insignificante: numerosas pirañas quedaban atrapadas en las redes y tenían poco aprovechamiento económico.
Así nació el denominado Projeto Piranha. Gallo creó un pequeño laboratorio y enseñó a habitantes de Jenipapo, especialmente a mujeres, a preparar y embalsamar los peces. Los pescadores aportaban los ejemplares que aparecían en sus redes y, una vez tratados, se convertían en piezas que podían venderse como objetos exóticos.
La operación alcanzó una escala sorprendente. Se prepararon alrededor de 12.000 pirañas, que fueron comercializadas en Europa y otros mercados. La experiencia aparece documentada tanto en investigaciones sobre Gallo como en la propia historia del Museu do Marajó.
Más que una extravagancia protagonizada por un sacerdote, el proyecto funcionó como una pequeña cadena productiva: un recurso que prácticamente carecía de mercado en la zona generaba trabajo local, se vendía fuera y el dinero regresaba a la comunidad.
12.000 pirañas que acabaron convertidas en puentes
Aquí aparece la parte más extraordinaria de la historia. Los beneficios no se destinaron únicamente a mantener el proyecto. Sirvieron para financiar infraestructuras que resultaban especialmente importantes en un territorio donde desplazarse podía ser complicado durante las crecidas de aguas.
Diversas reconstrucciones históricas atribuyen al proyecto la financiación de unos 350 metros de puentes y pasarelas de madera, un embarcadero, un cementerio y una pista de aterrizaje de unos 800 metros. La pista permitía operar a pequeñas aeronaves y mejoraba las comunicaciones de una población alejada de los grandes núcleos urbanos.
La importancia del agua ayuda a entender por qué esas obras tenían tanto valor. Un plan oficial sobre Marajó señala que, en numerosas localidades del archipiélago, los ríos han funcionado históricamente como vías esenciales de transporte y comunicación. Las inundaciones estacionales no constituyen una anomalía: forman parte del funcionamiento ecológico de la región y condicionan la forma de habitarla.
Por eso conviene matizar una versión de esta historia repetida en los últimos años. Gallo no vendió pirañas para “salvar el Amazonas” en un sentido estrictamente ecológico. Su proyecto perseguía mejorar las condiciones económicas, sociales y de comunicación de una comunidad amazónica aprovechando un recurso disponible en su entorno. Y las pirañas fueron solamente el principio.
El legado de las pirañas terminó siendo un museo
Mientras trabajaba con los habitantes de Marajó, Gallo comenzó a interesarse cada vez más por su historia. Los vecinos encontraban fragmentos de antiguas cerámicas y se los entregaban. Él empezó a conservarlos, documentó costumbres, leyendas y prácticas locales y fue formando un patrimonio que terminaría convirtiéndose en el Museu do Marajó.
El proyecto nació de manera informal en Santa Cruz do Arari y posteriormente se trasladó a Cachoeira do Arari. Su planteamiento era inusual: Gallo quería un museo que no se limitara a guardar objetos detrás de vitrinas, sino que permitiera comprender la cultura marajoara tocando y experimentando.
De esa filosofía surgieron sus famosos “computadores caipiras”, ingeniosos dispositivos construidos con madera, ruedas, cuerdas, placas y manivelas que ofrecían información cuando el visitante los manipulaba. El propio Gallo decía que los habitantes de Marajó tenían “los ojos en las puntas de los dedos”.
Su idea sobrevivió a su muerte, ocurrida en 2003. El museo fue restaurado por el Gobierno de Pará y reabrió en 2022 después de una intervención de 3,8 millones de reales. Conserva miles de piezas arqueológicas y etnográficas y continúa funcionando como espacio de preservación de la memoria marajoara. En 2025 se anunció además la incorporación de una sala de cine.
En abril de 2026, Cachoeira do Arari dio un paso todavía más simbólico: una ley municipal reconoció el Museu do Marajó y la obra de Giovanni Gallo como patrimonio cultural material e inmaterial.
Más de medio siglo después, esa puede ser la consecuencia más inesperada de aquellas pirañas que nadie quería comprar: no solo financiaron madera, pasarelas y una pista para aviones. También ayudaron a poner en marcha una institución destinada a conservar la memoria de quienes vivían allí.
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