Hace 200 años lo plantaron para frenar la erosión de los ríos: el árbol invasor de EE.UU. que aún no consiguen eliminar
Plantar árboles para proteger las orillas de los ríos parecía una decisión difícil de cuestionar. Durante el siglo XIX, Estados Unidos comenzó a introducir diferentes especies de tamarisco (Tamarix spp.), también conocido como saltcedar, procedentes de Eurasia y África. Se utilizaron como plantas ornamentales, cortavientos y, especialmente, para estabilizar terrenos y combatir la erosión.
Su extraordinaria capacidad de supervivencia, precisamente la característica que hacía atractivo al tamarisco, terminó convirtiéndose en un problema. Con el paso de las décadas colonizó ríos, humedales y embalses del oeste estadounidense hasta transformarse en una de las plantas invasoras más difíciles de gestionar.
El caso resulta especialmente interesante porque la ciencia ha demostrado que la historia es bastante más compleja que la de una especie exótica que simplemente desplaza a las autóctonas. La modificación humana de los ríos, la construcción de presas, la salinización, los incendios y hasta la hibridación entre diferentes especies de Tamarix contribuyeron a crear las condiciones perfectas para su expansión.
De frenar la erosión a invadir las riberas de Estados Unidos
Los tamariscos comenzaron a comercializarse en Estados Unidos durante el siglo XIX. El Servicio Forestal estadounidense documenta ejemplares disponibles en Nueva York ya en 1823 y en Filadelfia en 1828, mientras que en California se vendían al menos desde 1856.
Su expansión posterior fue extraordinaria y sirvió para ayudar a frenar la erosión del suelo. A finales del siglo XIX ya existían poblaciones naturalizadas y, durante el XX, el tamarisco terminó estableciéndose en buena parte de los sistemas fluviales áridos y semiáridos del oeste, incluidos los ríos Colorado, Grande, Gila y Pecos.
Varias características biológicas explican su éxito. Tolera sequías, inundaciones y suelos con elevada salinidad, puede desarrollar sistemas radiculares capaces de acceder al agua subterránea y recuperarse después de diferentes perturbaciones. Sus pequeñas semillas pueden desplazarse mediante el viento y el agua y germinar rápidamente cuando encuentran sedimentos húmedos.
Además, eliminar la parte visible de la planta no necesariamente resuelve el problema. Los tamariscos pueden rebrotar vigorosamente desde la corona de la raíz después de ser cortados o afectados por incendios.
La genética reveló que los tamariscos invasores eran híbridos
Uno de los descubrimientos más interesantes llegó gracias a la genética. En 2002, los investigadores John F. Gaskin y Barbara A. Schaal demostraron que buena parte de la invasión estadounidense estaba protagonizada por híbridos de Tamarix ramosissima y Tamarix chinensis, especies originarias de Asia.
Investigaciones posteriores reforzaron aquella conclusión. Algunos análisis estimaron que entre el 83% y el 87% de los ejemplares estudiados en distintas zonas de Norteamérica eran híbridos entre ambas especies.
Un estudio publicado en 2026 en la revista científica Heredity, basado en datos genómicos de 319 individuos, vuelve a mostrar que las poblaciones introducidas presentan una amplia mezcla genética. Los investigadores encontraron además indicios de una expansión del nicho ecológico respecto de las poblaciones parentales originales.
La hibridación puede generar nuevas combinaciones genéticas y aumentar la variabilidad sobre la que actúa la selección natural. No significa que cualquier híbrido sea automáticamente más invasor, pero en el caso del tamarisco pudo contribuir, junto con múltiples introducciones y otros procesos, a facilitar su establecimiento y expansión.
Las alteraciones de los ríos también favorecieron su expansión
Responsabilizar exclusivamente al árbol ocultaría otra parte fundamental de la historia. Los ecosistemas fluviales del oeste de Estados Unidos fueron profundamente modificados mediante presas, canalizaciones, extracción de agua, agricultura y regulación de las crecidas.
Álamos y sauces autóctonos dependen de determinados ciclos de inundación para regenerarse. Las crecidas dejan superficies húmedas donde germinan sus semillas. Cuando las presas modifican esos ciclos, disminuyen algunas de las condiciones que favorecen a estas especies.
El tamarisco, en cambio, soporta mejor muchos de los ambientes alterados resultantes. Por ello, diferentes investigaciones señalan que su dominio no puede entenderse únicamente como consecuencia de una superioridad biológica: también se benefició de ecosistemas previamente transformados por las actividades humanas.
Algo parecido ocurre con la salinidad. El tamarisco tolera concentraciones de sal que perjudican a otras plantas y puede contribuir a la acumulación de sales, pero la salinización de determinadas riberas también está relacionada con alteraciones hidrológicas previas. Causa y consecuencia pueden retroalimentarse.
Eliminar el tamarisco no garantiza recuperar las riberas
Estados Unidos lleva décadas intentando controlar su expansión mediante métodos mecánicos, herbicidas y control biológico. Según estudios publicados, desde 2001 se liberaron en diferentes estados escarabajos del género Diorhabda, especializados en alimentarse del follaje del tamarisco.
Los insectos consiguieron defoliar grandes extensiones, aunque sus consecuencias ecológicas no son idénticas en todos los lugares. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) advierte que los efectos completos del control biológico sobre los ecosistemas siguen siendo objeto de investigación.
También se ha revisado una afirmación repetida durante años: que eliminar tamariscos permitiría recuperar enormes cantidades de agua. Los estudios muestran que el ahorro hídrico puede ser bastante menor de lo esperado y depende de las condiciones locales y, especialmente, de qué vegetación sustituya posteriormente al invasor.
La restauración tampoco termina cuando desaparece el árbol. Si continúan las presas, los cambios en las crecidas, el descenso del nivel freático, la salinidad o las demás alteraciones que favorecieron inicialmente su establecimiento, otra especie invasora puede ocupar el espacio liberado.
El tamarisco deja así una importante lección ecológica. Combatir una invasión biológica no consiste siempre en eliminar al organismo invasor. En ecosistemas profundamente modificados, recuperar el funcionamiento de los ríos puede ser tan importante como retirar la especie que aprendió a aprovechar esas transformaciones.
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